viernes 15 de enero de 2010

CIUDADES


¡Estas son ciudades! ¡Es un pueblo para quien han sido instalados tales Alleghanys y tales Líbanos de ensueño! Palacetes de cristal y madera que se desplazan sobre raíles y por poleas invisibles. Los viejos cráteres rodeados de colosos y de palmeras de cobre rugen melodiosamente en los fuegos. Fiestas amorosas suenan sobre los canales colgados detrás de los palacetes. La descarga de los carillones grises en las gargantas. Corporaciones de cantantes gigantescos acuden con trajes y con oriflamas destellantes como la luz de las cumbres. En las plataformas del centro de las simas los Roldanes hacen resonar su intrepidez. Sobre las pasarelas del abismo y los techos los albergues el ardor del cielo empavesa los mástiles. El derrumbamiento de las apoteosis se une a los campos de las alturas donde las centauras seráficas evolucionan entre las avalanchas. Por encima del nivel de las más altas crestas, un mar agitado por el nacimiento eterno de Venus, cargado de flotas orfeónicas y del rumor de las perlas y de las conchas preciosas, - el mar se ensombrece de cuando en cuando con destellos mortales. En las laderas mieses de flores tan grandes como nuestras armas y nuestras copas, mugen. Cortejos de Mabs con vestidos anaranjados, opalinos, suben de los barrancos. Allá arriba, con los pies en la cascada y en los espinos, los ciervos maman de Diana. Las Bacantes de cercanías sollozan y la luna se quema y aúlla. Venus entra en las cavernas de los herreros y de los ermitaños. Grupos de atalayas cortan las ideas de los pueblos. De los castillos hechos de hueso sale la música desconocida. Todas las leyendas evolucionan y los impulsos se acometen en los burgos. El paraíso de las tormentas se derrumba. Los salvajes bailan sin parar la fiesta de la noche. Y por una hora bajé al movimiento de una avenida de Bagdad donde unas compañías cantaron la alegría del trabajo nuevo, contra una brisa espesa, circulando sin poder evitar los fabulosos fantasmas de los montes en que debimos encontrarnos.¿Qué buenos brazos, qué buena hora me entregarán esta región de donde vienen mis dormires y mis menores movimientos?


Arthur Rimbaud - Iluminaciones